Esos barrios no están en zonas de riesgo por elección sino porque el acceso a la tierra y la vivienda sigue siendo una de las deudas democráticas más grandes de nuestro país junto con el acceso a servicios básicos. El 92% de los hogares no tiene acceso formal al agua, el 97% carece de conexión a cloacas, el 99% no tiene gas natural de red y el 66% no cuenta con conexión formal a la red eléctrica; el 71% no tiene calles asfaltadas y el 57% no tiene veredas.
“En un barrio con infraestructura, la lluvia escurre por calles pavimentadas, cunetas, bocas de tormenta y desagües. En un barrio popular, la falta de red pluvial, de cloacas y de pavimento provoca anegamientos y desbordes de pozos ciegos, y las conexiones eléctricas precarias generan riesgo de electrocución.”, alertaron desde la FDHI. A eso se suma la situación de las viviendas: el 60% presenta materialidad deficitaria en techos, paredes o pisos, y un 10,6% se considera irrecuperable.
Si bien se trata de problemas de larga data, lo cierto es que las medidas del actual gobierno de La Libertad Avanza agravaron la situación. En concreto, el Fondo de Integración Socio Urbana (FISU) destinado a financiar las obras de infraestructura en los barrios populares inscriptos en el RENABAP fue paralizado. Según información oficial, el FISU acumula $257.489 millones colocados en instrumentos del Tesoro, mientras 636 obras permanecen completamente frenadas. “También en este caso, un fondo con afectación específica retiene recursos en instrumentos financieros mientras se interrumpen obras que reducirían la exposición de los barrios más vulnerables frente a las lluvias”, alertó el documento al que accedió este medio.
Así las cosas, “El Niño” encontró al país en medio de un retroceso histórico de la obra pública en general y de la gestión hídrica en particular. Esto trasladó, a su vez, la presión a provincias y municipios, que deben atender el efecto inmediato de la emergencia sin una política de prevención y planificación nacional acorde.