La Cámara llegó a decir cosas tales como que, si se habían violado procedimientos administrativos para tomar la deuda millonaria, eso no necesariamente era una conducta delictiva, por más que haya afectado al erario público. Lo planteó en línea con Capuchetti, a quien el fiscal Picardi cuestionó por no haber hecho un análisis integral y con contexto de todas las evidencias, lo que desnaturalizaba y “desmembraba” una investigación compleja en un caso que hacía imprescindible analizar incluso los roles de los exfuncionarios.
La investigación de Picardi había concluido que no se respetaron los procedimientos previos y rigurosos para tomar deuda pública de modo “responsable, razonable y legal”. Por acción u omisión se incumplieron esas normas de Hacienda, Finanzas y del Banco Central. Por ejemplo, el entonces ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, firmó la primera carta de intención sin facultades. No hubo dictámenes técnicos del Banco Central sobre el impacto en la balanza de pagos; se omitió un decreto del Poder Ejecutivo para dar transparencia y aprobar la operación; tampoco se le dio intervención a la jefatura de Gabinete ni al Congreso. El fiscal señalaba entre los principales responsables también al propio expresidente Macri, a Sturzenegger, Caputo y Guido Sandleris (como extitulares del BCRA). Caputo también, como exministro de Finanzas, y Santiago Bausili, que trabajaba con él.
La acusación se basaba además en informes lapidarios de la Auditoría General de la Nación y la Sindicatura General de la Nación. Este último organismo cuantificó el perjuicio al Estado por lo menos en 29.618 millones de dólares. El fiscal de instrucción dijo que se falseó “el destino y uso de los fondos solicitados al FMI”; hubo una “administración ruinosa” que generó una “deuda insostenible para el beneficio de un reducido grupo privado concentrado con posibles relaciones y/o vínculos con los decisores públicos”; hubo tal “administración arbitraria y discrecional que imposibilitó el control de la trazabilidad de los fondos obtenidos”; y “la generación de prejuicios cuantificables e incuantificables para la administración pública y la sociedad en general”.