Por otro lado, se declaró a la educación como “servicio esencial”, en un claro intento de coartar el derecho a huelga de los docentes. La falacia de la argumentación (“asegurar el cumplimiento de los servicios mínimos y de los porcentajes de operatividad previstos en ella, evitando la interrupción total de las actividades y resguardando el derecho a aprender de los estudiantes de todos los niveles”) queda en evidencia por el impulso oficial a la que llaman Ley de Libertad Educativa.
En paralelo, el Gobierno Nacional lleva más de 280 días sin cumplir la Ley de Financiamiento que se sancionó en dos oportunidades en el Congreso y cuya razón de ser y aplicación fue validada en diferentes instancias por la Justicia. Aunque el elenco gubernamental debería hacerse cargo y cumplir con la norma, continúa dilatando sus obligaciones con el único objetivo de “cuidar el equilibrio fiscal”. No obstante, este también se trata de un discurso tramposo, pues no titubean en asignar nuevas partidas presupuestarias para áreas más controvertidas y menos legitimadas socialmente, como puede ser inteligencia.
En última instancia, como siempre, la discusión en torno a la educación es un debate sobre modelos de desarrollo. Un gobierno que no cree en la industria local, que no fomenta a la ciencia y a la tecnología, que no busca agregar valor a ninguno de sus productos, no necesita de recursos humanos formados. El problema principal, en este caso, es que no solo desatiende la educación superior, sino que también busca retirar al Estado de la educación inicial. Quiere convertir a la escuela en un mercado más y ya se sabe lo que pasa cuando las cosas importantes quedan libradas a las fuerzas del mercado.