El caso fue brutal porque mostró el método. El Estado no desconoció la deuda. La transformó. Cambió caja por papel. Y empujó a empresas energéticas a aceptar un bono largo, con precio de mercado por debajo de la par. La deuda acumulada rondaba los 1.200 millones de dólares y la quita de hecho fue cercana a la mitad del capital para quienes aceptaron los términos oficiales.
La novedad del Pami es que el método baja de escala. Ya no se trata de generadoras, petroleras o importadores. Ahora llega a farmacias que atienden jubilados. La diferencia no es menor. Una empresa energética puede sentarse con bancos, abogados y mesas de dinero. Una farmacia de barrio mira el vencimiento de la droguería, el alquiler, los sueldos y la reposición del stock.
Lo que se registra es la marca Toto Caputo. Su programa no sólo ajusta el gasto. También reordena quién financia al Estado. La picardía está en que el superávit queda más prolijo. No hay emisión directa. Pero alguien financia. En este caso, el sistema de salud de los jubilados. La cadena que entregó medicamentos y pañales termina prestándole al Tesoro. En el país de la motosierra, hasta la receta médica puede terminar convertida en un activo financiero.