El periodista especializado en tecnología, Nicolas Lantos –El Destape— analizó el debate acerca de si debe haber siempre un humano que dé el clic final, ante un ataque de un dron. Porque el algoritmo ya vigila, recoge los datos, los procesa, decide los blancos y ejecuta. Pero todavía hay una persona que tiene unos segundos para dar el sí final: “este es el último límite que Palantir se propone borrar. Por eso, cuando Milei promociona una reforma que permitiría crear ´corporaciones no humanas´ administradas por IA, lleva la misma pregunta al terreno empresarial”. Y el siguiente paso sería un gobierno sin humanos, es decir, sin política en el circuito: “es el viejo sueño de aislar a la economía de las decisiones democráticas en nombre de la técnica, pero para beneficio de cada vez menos personas que acumulan más capital que nunca en la historia”. Esto sería el fin del lobby, el cual busca influir en los gobiernos, pero no reemplazarlos. Y no es el complejo militar-industrial, esa alianza entre el gobierno y sus contratistas. Esto sería, en cambio, la absorción de las funciones críticas del Estado por parte de un grupo muy reducido de personas que, simultáneamente, fabrica las armas, gestiona la inteligencia, opera las comunicaciones, controla los datos y ocupa los cargos clave que deberían supervisar todas esas operaciones. Sería un Estado en el que la política es reemplazada por la ejecución algorítmica y las funciones soberanas quedan absorbidas por infraestructuras privadas. Dijo Lantos: “Thiel no encontró en la Argentina solamente impuestos bajos y energía, sino el experimento político más avanzado de sus propias ideas con un Gobierno dispuesto a transformar sus premisas en ley”.
Rocco Carbone, filósofo italiano que vive en Argentina, conceptualizó al tecnofascismo como la articulación de las nuevas modalidades de acumulación del capitalismo: “la crisis que está atravesando el occidente cristiano, se debe al desplazamiento del capitalismo de libre empresa hacia un capitalismo tecnológico monopólico, corporativo, global, absolutista y totalitario, inmerso en una carrera para la conquista de los mercados globales y por la privatización del Estado llevada a cabo por una nueva clase social: las aristocracias tecnofinancieras y sus servidores políticos. La nueva herramienta que necesita ese tecnocapitalismo es el tecnofascismo, una fuerza política que tiene esencialmente un propósito: volver privado lo público, o sea, al Estado. Y Argentina está en el corazón de esa disputa”.