No obstante, una de las conclusiones más amargas de los investigadores de la UCA es que la estabilidad laboral de los padres no basta por sí sola: incluso cuando el principal sostén del hogar cuenta con un trabajo de calidad protegido, esto no alcanza para borrar la ventaja estructural de pertenecer a los sectores de menores recursos, perpetuando las desigualdades intergeneracionales.
Finalmente, la exclusión material y laboral se traduce de manera directa en un deterioro del bienestar subjetivo, familiar y psicosocial de las juventudes. El malestar psicológico, la falta de control sobre el propio destino y la ausencia de redes de contención son realidades que golpean el doble a los sectores postergados: el malestar psíquico afecta al 28,5% en el estrato muy bajo frente al 15,5% en el medio alto, y la carencia absoluta de lazos de amistad se eleva al 15,7% en la base social frente al mero 1,7% en la cima.
En un contexto general donde el 85,5% de los jóvenes de 18 a 39 años llega al día 20 del mes sin un centavo de dinero disponible, el informe del ODSA concluyó que para revertir este escenario crítico se requiere una política integral urgente, que no solo prevenga la deserción escolar y promueva empleos formales, sino que también atienda el bienestar psicosocial y proteja la estabilidad de los propios hogares.