Y partidazo también de España, no se puede obviar. Casi dos décadas jugando a lo mismo, con una identidad clarísima y, luego de algunas decepciones fuertes, obtuvo su merecido premio. Esta vez no fue tan vistoso su juego, ni tuvo los goles de los que generalmente escasea. Pero sí llevó a su máxima expresión el arte de defenderse a través del control de la pelota y la presión en campo rival. Un gol en contra en todo el certamen. Al final, prevaleció la defensa en estos tiempos de goleadas históricas.
Por el lado argentino, quedará para la eternidad la incógnita de qué hubiese pasado con Lautaro Martínez en cancha. El Toro venía flechita para arriba, luego de marcar el gol del triunfo contra los ingleses (mucho más eterno que la incógnita mencionada), pero vio desde afuera cómo fueron sacándose la pechera Otamendi, Paredes, Montiel, Simeone, Medina y, en el tiempo extra, nada menos que Senesi en la gestión “austera” que hizo del banco el DT.
La piel argentina está tan curtida que los próximos cuatro años hasta el Mundial 2030 se van a pasar rápido. Si se demora un poco, seguramente la realidad nacional nos distraerá hasta que arranque un nuevo sueño de esto que muchos denominan lo más importante de lo menos importante. Ahora, por unos días, o un par de años mejor dicho, toca seguir sufriendo.