El registro etario es variado, pero la cuenta matemática deja ver que en la plaza hay chicas que ni siquiera habían empezado la primaria cuando sucedió el primer Ni Una Menos. Con menos glitter pero más combativas, otras ya son abuelas que pelearon por el aborto legal y siguen insistiendo en que no se es feminista por ser mujer ni por querer la igualdad sino por imaginar un mundo mejor para vivir. “Hubo columnas inmensas de centros de estudiantes, pibas y pibes cantando, agitando y transmitiendo una fuerza conmovedora”, dice Norma, ya de regreso a su casa en el colectivo. “Fue una fuerza que me atravesó hasta las entrañas. Vi algo hermoso: cuatro generaciones caminando juntas, tomadas de las manos, abrazadas, cantando y gritando con fuerza. Chicas y chicos de distintas edades, algunas con sus madres, con sus amigos, con los pañuelos verdes o las cabezas rapadas unidas por una misma certeza. No vamos a permitir que nos persigan y nos criminalicen por ser feministas, por ser de la diversidad sexual, ¿desde cuándo? Estamos pasadas de deudas y de angustias, las cargamos todos los días, estamos hartas de la crueldad, pero no nos vamos a dejar arrebatar el futuro”, el testimonio lo da a pocos minutos de llegar a su casa en Dock Sud, Avellaneda.
Entrada la noche, Dora Barrancos retrasa la salida de la plaza. Quiere quedarse un rato más ahí, entre otras feministas. Con su bastón -que apenas apoya en el suelo- se gira para no abandonar la contemplación de la multitud: “Estamos frente al contra backlash, ya era la hora, hay una reacción extraordinaria, algo que sabíamos que iba a ocurrir”.
Su testimonio es una prueba latente de que este movimiento vuelve fértil el suelo sobre el que camina. El mismo suelo que la extrema derecha usa como laboratorio de crueldad y extractivismo radical, también es un lugar en el mundo en el cual ya hasta cuatro generaciones pueden plantarse y decir basta para demostrar, como dice Dora, que “el feminismo no es cosa de mujeres sino de la dignidad humana”.