“Dicen que no trabajamos, pero no tienen idea de todo lo hacemos en nuestras horas del día”, subrayó Bárbara y agregó “el salario social por poco que sea es un reconocimiento al tiempo de trabajo que dedicamos acompañando todo tipo de situaciones, tratando de contener para que no avancen negocios como el narcotráfico, y generando otras formas de trabajo posibles”.
En sintonía se expresó Santiago, cartonero de La Matanza. “El Gobierno Nacional ha decidido quitarnos este derecho que era un complemento a nuestra actividad. Si bien no es mucho contábamos con ese ingreso para garantizar una semana de comida, pagar un medicamento, algún servicio, pagarle al carnicero que te da fiado o en mi caso que soy cartonero, si me toca una semana de lluvia que no puedo salir a reciclar o que el material se moja y la industria no te lo recibe, podía tener este respaldo”, compartió el trabajador de 44 años que integra una cooperativa y también después sale a recolectar cartón por su cuenta y los fines de semana hace trabajos de herrería a domicilio, “para poder, más o menos, sostener un plato de comida en el día”.
También resaltó: “Somos un pueblo trabajador y es muy difícil cuando la sociedad mira para el costado y cuando se nos acusa de ‘planeros’, que es una vil mentira”. Desde hace ocho años participa del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y comparte su día a día con trabajadores que revuelven todos los días la basura y “accedían a este complemento para garantizar un plato más de comida, pagar el boleto de transporte, o poder comprar un remedio cuando un hijo tiene fiebre”. El rol del salario complementario también se vuelve más evidente cuando hoy recolectan mucho menos cartón que hace dos años atrás: “Pasamos de un promedio de 80 toneladas de celulosa mensual a un promedio de 40 toneladas, con mucha suerte”, agregó. Se suma que los pagos del insumo de parte de la industria se estiraron, si antes demoraban 45 días hoy esperan hasta 90 días para que se complete el pago de la comercialización.
En definitiva, las estadísticas pueden medir cuánto cayó el consumo, pero no el cansancio de quienes empujan un carro durante 14 horas, ni la angustia de las familias que llegan al día 15 sin saber qué van a comer. Tampoco registran las ollas que se multiplican en los barrios, las ferias que intercambian alimentos para sobrevivir o los trabajadores que encadenan dos y hasta tres empleos para sostener ingresos que ya no alcanzan. En esa economía invisible y precarizada, miles de personas siguen trabajando todos los días para sobrevivir en un país donde incluso trabajar dejó de garantizar un plato de comida. En la Argentina del ajuste permanente, la caída del consumo no golpea a todos por igual.