Las condiciones del lugar de trabajo también influyen. Cuando los empleados no tienen acceso a heladera o microondas, el porcentaje de quienes saltean comidas asciende al 72%, lo que muestra cómo la infraestructura laboral puede profundizar la inseguridad alimentaria.
Además, el 55,6% de los trabajadores no recibe ningún tipo de aporte del empleador para alimentación, lo que deja el costo completamente a cargo del salario individual. Frente a este escenario, surge una demanda clara entre los trabajadores.
El 80,4% considera necesario recibir algún tipo de aporte del empleador para la alimentación, con libertad para elegir cómo utilizarlo. El apoyo es aún mayor entre los sectores más afectados, como los trabajadores de la construcción y los jóvenes, donde la proporción supera el 85%.
La alimentación adecuada aparece así como un factor central para sostener la salud, el bienestar y la productividad de los trabajadores en un contexto marcado por la inflación y la crisis económica. Variables que no están en la cabeza de Milei y Caputo.