Entre los puntos más cuestionados, la CGT enumera la habilitación de jornadas de hasta 12 horas, la eliminación de sanciones a empleadores que incumplan aportes, la posibilidad de pagar indemnizaciones en cuotas mediante un Fondo de Asistencia Laboral financiado con aportes de los propios trabajadores y la reducción de aportes a las obras sociales. También objeta la fragmentación de las vacaciones, la promoción de convenios por empresa en detrimento de la negociación paritaria y las restricciones al derecho a la protesta y a la actividad sindical.
El documento enmarca la reforma en un contexto económico sumamente crítico: caída de la actividad en la mayoría de las ramas del sector privado, pérdida de más de 300.000 empleos en dos años, aumento de la desocupación, cierre de empresas y pymes, deterioro del poder adquisitivo y endeudamiento creciente tanto del Estado como de los hogares. A esto suma la persistencia de la inflación y la caída del consumo, la inversión y la recaudación, como indicadores de un escenario de recesión prolongada.
Frente a este panorama, la CGT reivindica su rol como actor de movilización y defensa de los derechos laborales, recordando las protestas y paros generales realizados en los últimos años. La central subraya que no forma parte del Gobierno ni define la política económica, pero asume —según afirma— una “responsabilidad histórica” en la defensa del trabajo y de la justicia social. El documento concluye con un llamado a la unidad y a la participación colectiva, bajo la consigna de que “no hay libertad sin justicia social”.