El malestar no se limita al electorado opositor. Ante la pregunta “¿En qué medida se siente identificado con el estilo comunicativo del presidente Javier Milei?”, el 39,2% de los votantes libertarios respondió “para nada identificado”, el 32,9% “algo identificado” y solo el 27% dijo sentirse “bastante identificado”. Entre los opositores, el rechazo es casi unánime: el 97,7% no se reconoce en ese estilo.
El estudio también midió percepciones sobre el impacto democrático de esos discursos. Entre los simpatizantes del Gobierno, el 31,9% cree que la incivilidad política hace “mucho daño” a la democracia, el 21,8% opina que provoca “algo de daño” y el 42,3% sostiene que no genera ningún perjuicio. En el caso de los opositores, el 94% afirma que el daño es considerable.
Respecto al efecto de los mensajes de odio en la convivencia social, el 26,8% de los votantes libertarios cree que generan “mucho daño”, el 32,9% “algo de daño” y el 35,2% “nada de daño”. Entre los opositores, el 95,3% considera que deterioran gravemente el tejido social.
En síntesis, el cambio de tono anunciado por Milei parece menos una rectificación y más un cálculo político: un intento por contener la pérdida de adhesión en un momento en que la paciencia social se agota y el electorado demanda soluciones tangibles por encima de la retórica beligerante.